sábado, 9 de julio de 2016

Valencia-Alcázar de San Juan-Almería, 4 julio 2016



Cojo en la estaciò del Nord un tren impuntual y polvoriento que me llevará hasta Almería. La fila para subir al tren: chabacana y desorganizada, es decir, muy valenciana -la cita no es mía, es de uno de Xixona-. La gente, apremiada por el retraso, se agolpa en el andén para subir a un tren de los de antes. En el AVE Madrid-Barcelona la gente habla de auditorías, proveedores y reuniones en Londres o en París. En el TALGO Valencia-Almería la gente da pormenorizadas instrucciones –“te dejé la tartera en el armarito de la cocina”-, hace recordatorios –“pasado mañana tienes cita con el médico, no se te olvide”- o da las buenas noches. En este tren las maletas no van conjuntadas y no tienen ruedas. En este tren, las maletas van enlazadas las unas a las otras como una ristra de morcillas rellenas de ropa –“para que no nos las roben”- y están sostenidas por unas asas a menudo precarias. En este tren de antaño los pasajeros no montan start-ups ni crean empleo. Sólo son gente normal. 

Una de las estaciones de paso de mi tren.
Paramos en Alcázar de San Juan para cambiar de tren. Todo muy ágil, práctico y moderno. Llegamos con retraso -la señora angustiada que llevo dentro está que no vive en sí- y me da miedo perder el tren. Infundado temor: el otro tren también llega con retraso. Viajeros y acompañantes esperan en un apeadero –así lo llaman, “andén” es una palabra muy moderna- atestado de polvo y bajo un sol de justicia. Hay gente que acompaña a otra y espera con ella a que llegue su tren -gente para la que, tal vez, el tiempo es oro, el tiempo que pasan con su gente-. Es esa misma gente que, cuando viene el tren, mientras ayuda a acomodar maletas y tarteras, les pide a sus familiares que “manden recuerdos”. “Mandar recuerdos” en la pura era del WhatsApp, del selfie, de la globalización y la instantaneidad: hay gente que se agolpa en un andén sofocante y polvoriento para tender una maleta a otra y para “mandar recuerdos”. Esto es una cosa hermosa.
Me jode profundamente cuando se esencializa la pobreza, la ignorancia o el atraso. Cuando se considera “pintoresco” lo que no es más que subdesarrollo. ¿Estoy cayendo en mi propia trampa? Tal vez. ¿Es subdesarrollado no tener teléfono y “mandar recuerdos”? Probablemente, no. ¿Es esta reflexión marxista un “disclaimer” hacia mí misma? Puede, pero no puedo evitar que me guste que haya gente que manda recuerdos y que no monta start-ups. Me gusta conocer España. ¿Españas? ¿Cuántas Españas hay? ¿La España que “manda recuerdos” y come tarteras en un tren y la España del café del Ritz y del Ibex 35 son la misma España? ¿Realizo este viaje para conocer España o para conocerme a mí misma? Probablemente, para conocernos a las dos. Por eso cogí este tren que circula a una media de 60 kms/hora y que atesora una sonora mancha de regla en el asiento que me ha tocado en suerte. No me molesta: podría haber sido yo. Y he viajado en trenes más sucios, ¡qué leche! No voy a andarme ahora con milindres.

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