sábado, 16 de noviembre de 2013

Relaxing cup of café con mierda



Relaxing cup of café con mierda
I
«Joder, Paqui, hay que ver cómo tenemos la casa de mierda.»
Atravesar países y cruzar fronteras imponiendo su especial y cada vez más generalizado concepto de la justicia les impedía a las dos mujeres dedicarse a sus labores. Pero ese sábado por la mañana decidieron poner fin a la situación, asustadas por la profecía que toda madre de nuestra generación, caldeada en su fuero interno por la promulgación de la ley del divorcio en los albores de los ochenta, ha vaticinado alguna vez: «cualquier día me voy y entonces os comerá la mierda.»
            Las dos mujeres empuñaron sendas escobas y amontonaron disciplinadamente las pelusas en diferentes puntos de la casa, para después colocar encima de cada montoncito pequeños tapetes y alfombras comprados en el Todo a Cien. Una vez terminada la operación, guardaron una mudita, el cepillo de dientes y los pasaportes falsos en una bolsa de plástico.
            —Charito, yo creo que el de los pasaportes nos timó un poco. Me suena que ahora son marrones.
            —No sé, el caso es que a mí también me parecen un poco raros. Ya veremos si nos dejan pasar en la frontera. Coge unos cuantos billetes falsos por si acaso nos ponen problemas.

Imagen del pasaporte de Charito.
            Resueltas a llevar a cabo su plan y sin más dilación, pusieron rumbo a la capital de su país con la intención de continuar con su operación limpieza.

II
«Anda, Charito, pon la radio que ya me canso de escuchar a Concha Piquer. A veces pienso que la de “A la lima y al limón” me la pones con segundas…»
            Y era bien cierto que Paqui seguía soltera, pero no era por falta de oportunidades. ¿Acaso una guerrillera tiene tiempo para esos menesteres? El clásico paseo por las ondas hertzianas les permitió adquirir una visión de campo de la actualidad nacional. En un momento dado, la radio dijo: «nos ha tomado como rehenes». La rueda del dial siguió girando mientras Charito trataba de sintonizar Radiolé. Sin embargo, la mencionada frase permaneció clavada en sus intelectos.
            —¿A quién habrán secuestrado? —se atrevió a decir Paqui.
            —No lo sé. Igual esos de GRUPA o GROPA o GRAPA o como se llamen siguen actuando.
            —No se llamaban así, peazo de burra. Se llamaban GRIFA.
            En estas y otras disquisiciones históricas acerca de las diversas organizaciones armadas de extrema izquierda transcurrió su viaje. Por fin, el paisaje abandonó las diversas y ricas tonalidades azul verdosas del invierno septentrional de la piel de toro para devenir un mesetario secarral. El olor a mierda atrasada, junto con una señal de carretera, les terminó de confirmar sus sospechas: por fin se estaban acercando a Madriz.

III
Aparcar en el centro de la capital no es tarea fácil, máxime cuando en el mismo día confluyen en las principales arterias de la ciudad siete manifestaciones contra los recortes, dos sentadas contra sendos despidos masivos, cuatro personas en huelga de hambre, un escrache contra la reforma de la ley del aborto, una concentración contra el escrache contra la reforma de la ley del aborto, todo ello unido a las caravanas instaladas en la puerta de la Basílica de Jesús de Medinaceli, pertenecientes a las personas que ya empezaban a hacer cola para besarle los pies al Cristo el primer viernes de marzo. La devota fila ya llegaba hasta la Plaza de Cibeles.
            —Joder, aquí todos los días parecen domingo. Cuánta gente hay por la calle.
        —Ya. Madrid es una ciudad de casi un millón de parados, según las últimas estadísticas. Aparca entre estas dos caravanas, ya le digo yo a esta gente que nos cuide el buga.
            Se apearon del coche y se adentraron, como pudieron, en el Palacio de Comunicaciones.

Imagen del Palacio de Comunicaciones de Madrid.

—¿Adónde se dirigen? —les espetó virilmente el guardia de seguridad—.
—Venimos a hablar con el baranda —respondió con asertividad Paqui—.
—¿Perdón? —la estupefacción no cabía en el rostro del guardia de seguridad—.
—No te hagas el sordito que ya la has oído, así que danos un pase de esos y apártate —contestó Charito mientras le mostraba la punta de una pistola roñosa, testigo secular de otras luchas intestinas—.
El guardia de seguridad, al que le quedaban diez segundos de contrato, nueve, ocho, siete… decidió dejarlas pasar y continuar escuchando Carrusel Deportivo. «Hoy por fin ganará el Rayo», pensó.

IV
Despacho de doña Ana María Botella Serrano, alcaldesa de Madrid
 


—El caso es que a mí este nombre de suena. Yo creo que la que manda aquí es ésta.
            —Pues venga, llama a la puerta.
            —¿Desde cuándo anunciamos nuestras visitas, Charito?
            —Es verdad —respondió mientras le daba un soberbio patadón al pomo de la puerta, la cual cedió de inmediato.
            Una vez dentro, pudieron ver a una mujer de pelo cardado hablando por teléfono con una amiga. Poco importa el insustancial contenido de la conversación, al cual ni las propias Paqui y Charito prestaron atención. Charito, haciendo uso de la fuerza bruta, se limitó a cogerla de los pelos y a enarbolarla desde el balcón municipal, ante una sorprendida masa ciudadana que, tras reponerse del susto, empezó a jalear enfervorecidamente: «¡que la lancen!, ¡que la lancen!»
            Poseída por el espíritu de Madrid 2020, Charito comenzó a girar su brazo izquierdo sobre su eje (brazo con el que sostenía a la alcaldesa de Madrid) para coger fuerza. A la tercera vuelta lanzó a la edila, quien trazó una hermosa parábola en el intenso cielo azul del invierno de Madrid. Acto seguido, y sin esperar a recibir los aplausos de la multitud, las dos mujeres se adentraron en el despacho, se apoderaron de varios archivadores (en unos ponía “Contrato con Sacyr”, en otros “Contrato con OHM”, en otros “Contratos con FCC”) y los lanzaron por el balcón presidencial. Las personas que en la plaza se manifestaban comenzaron a hacer hogueras con los papeles, gracias a las cuales pudieron calentarse las manos y freír unas chuletas para el aperitivo.
            Dos mujeres resolutivas plantean soluciones. Por ello, inasequibles al desaliento y haciendo caso omiso a las invitaciones de las masas manifesteras (acá les ofrecían vino, allá les ofrecían chuletas, acullá les ofrecían sexo), empuñaron cepillo y recogedor y en menos de 10 horas habían dejado la ciudad de Madrid más limpia que los pies del Cristo de Medinaceli.

            Mientras tanto, Ana Botella, ignorante de los derroteros que adquiría la huelga de basuras, ausente como siempre en los momentos clave de la historia de su ciudad, se hallaba tomando, contra su voluntad, una relaxing cup of café con mierda en un ático de San Cristóbal de Los Ángeles. A su alrededor, activistas de la PAH decidían cuándo entregarían «al rehén».
FIN







lunes, 4 de noviembre de 2013

Estado de excepción en el reino de las ratas

Pues este texto gracioso no es, pero éste es mi blog y me lo follo cuando quiero.




Estado de excepción en el reino de las ratas

Son doce. Se reúnen una vez por semana —normalmente los viernes— para tratar asuntos de gran calado. Creen en la paz y en la estabilidad del submundo. También creen que son hijas de un Murciélago Blanco que las creó a su imagen y semejanza. Todas son iguales ante Él.
         Su método de toma de decisiones es asambleario y por consenso. El dominio de la retórica recae sobre dos ratas alfa: Cifi y Wigni. Por lo tanto, las decisiones las toman o bien Cifi o bien Wigni, quienes a veces se ponen de acuerdo de antemano. Entonces el consenso se alcanza mucho más rápidamente.
         Esta semana el debate es un tanto convulso porque las cucarachas han convocado una huelga y amenazan con amontonarse sobre la boca de la alcantarilla. Eso implica que si alguna rata muere no podrá ascender al cielo y yacer junto al Murciélago Blanco. La rata Cifi propone declarar el estado de excepción, con la consecuente suspensión de derechos fundamentales, y el resto de las ratas levantan sus manitas para mostrar su acuerdo.


Son millones. Se reproducen a la velocidad de la luz. Un día alguien les dijo que, si permanecen unidas, vencerán. Si pudieran pensar por sí mismas lo pondrían en tela de juicio.
Cuando las ratas les cortaron el suministro de heces decidieron rebelarse, y ya se abalanzan sin remisión sobre las junturas del submundo, bloqueando todas las salidas. Oyen ruido de sirenas. Pero no tienen miedo: saben que si una cae, otra la reemplazará.
El ejército de las ratas consigue liberar algunos accesos haciendo uso del gas mostaza. Las rotativas empiezan a imprimir los titulares de mañana: «En menos de 24 horas el Gobierno normalizó la situación. Las cucarachas regresan a sus puestos de trabajo.»
Mientras montones de cucarachas agonizan en el suelo, algunos grupúsculos huyen despavoridos aguantándose la tos.


Pero tú no te asustes. Esa mancha negra que estás viendo asomar por la grieta de la taza del váter no te va a hacer daño, ni tampoco todas las que brotarán antes de que te dé tiempo a levantarte del sofá. Son sólo algunas cucarachas descarriadas. No las aplastes. No vayas a buscar insecticida o el bote de la silicona. Cuando mueras, ellas seguirán estando ahí para portar tu féretro.

FIN