sábado, 26 de octubre de 2013

Solución salomónica



Solución salomónica

Ante el controvertido dilema de abortar o no abortar, una vez oídas las partes —el cura, el médico, los tercios familiares, el vecino que me llama guarra, el dueño del bar que me llama puta, el de Cofidis que me ofrece un crédito para pagarme el viaje a Londres y la intervención, el anarquista antiabortista abolicionista animalista, el defensor del menor, María Teresa Campos y el Marqués de Villaverde— he optado por una solución salomónica: partamos al Ministro por la mitad.

Ese gachó me robó mis acais


Ese gachó me robó mis acais
A Manuel Valls, sin el menor respeto
«¡Por favor, responsable de seguridad, acuda a caja 5!»
        —Joder, Charito, te dije que nos iban a pillar. Pareces un pavo inflado con todo eso debajo del abrigo.
        —¡Qué quieres! Es que el embutido abulta mucho. Por cierto, chata —dijo dirigiéndose a la cajera—, no te desgañites llamando al de seguridad porque hoy hay huelga, primor.
        Paqui y Charito se escaparon calle abajo ante la estupefacción de la única cajera del Monoprix que ese día había ido a currar. La huelga general contra el aumento de la edad de jubilación había diezmado severamente los efectivos del establecimiento, lo cual fue aprovechado por las dos mujeres para llenar la despensa de salchichón, chorizo y queso. Charito seguía limpiando por horas en la casa de unos señores mayores y Paqui daba clases de defensa personal para mujeres en un decrépito gimnasio de las afueras de la ciudad. El sueldo de ambas les permitía llenar la nevera y tomarse unos copazos de vez en cuando (Torres para Paqui, güisqui cola para Charito) en el bar de Julián. Sin embargo, nunca lograron deshacerse de la inveterada costumbre de robar embutido en las grandes superficies.
Al girar la esquina de la calle y sentir en el rostro el tibio sol del otoño tolosano, decidieron dirigirse a un parque en el que degustar la sabrosa pitanza que acababan de adquirir irregularmente. Una vez que hubieron encontrado un banco de su agrado, y mientras disponían en él los manjares para su picnic, una pícara y solitaria página de periódico, empujada por la suave brisa otoñal, se les vino a enredar entre las piernas. En ella, pudieron leer lo siguiente:


París detiene y deporta a una alumna gitana durante una actividad escolar

  Leonarda Dibrani, de 15 años, miembro de una familia kosovar, llevaba casi cinco años viviendo en Francia y más de tres escolarizada


Ambas leyeron la noticia con especial atención, y enseguida dieron comienzo a un fino y concienzudo análisis:
        —¿Quién coño es Manuel Valls? —preguntó Charito.
        —No sé pero tiene nombre de catalán —aventuró Paqui—.
        —Pues no sé de qué tiene nombre, pero sí sé que no me gusta un pelo. ¿Cuánto se tarda de aquí a París?
        —En tren, unas seis horas. En la furgo de Julián, tres días. Pero la junta de la culata está colgandera así que no sé yo si aguantaría tanto trote. Además, la última vez que te fuiste a San Juan de Luz con tu novia le devolviste la furgoneta hecha un ceomo* —le reprochó Paqui—, así que yo creo que no nos la va a dejar.
        —De eso me encargo yo. Tú vete preparando el petate. No te olvides de la botella de DYC.

Charito consiguió, con subterfugios y falsas promesas, las llaves de la furgoneta de Julián, y las dos mujeres pusieron rumbo a París ese mismo día. Llegaron a su destino —tal y como Paqui había previsto— 72 horas después, y se dirigieron directamente a una columna de humo que emanaba de un punto situado al sur de la ciudad de la luz y del amor. Esa columna de humo, como todas las previsiones apuntaban, era producto de una quema masiva de chatarra orquestada por los patriarcas de un campamento romaní. Paqui y Charito aparcaron la furgoneta y se dirigieron a uno de los hombres:
        —Buenos días, nos dé Dios —dijo Paqui.
        —A loh güenoh díah. ¡Jozé, atiéndeme aquí a ehtah gashiseh, que yo no me pueo desocupá der fuego!
        José, un apuesto gitano, moreno de verde luna, que si bien no ostentaba el liderazgo de la patriarcal pandilla por edad, sí lo ostentaba por belleza y carisma, se dirigió con amabilidad a las dos mujeres.
        —Díganme, señoras, qué puedo hacer por ustedes —dijo, con una amplia sonrisa que dejó entrever unos dientes blanquísimos.
        Tras esta primera frase de José, las bragas de Paqui ya estaban por Estrasburgo, a punto de cruzar la frontera alemana.
        —Pues estábamos buscando a un tal Manuel, el de los Valls, que nos han dicho que algunas veces para por aquí —dijo Charito.
        —Pues ni está ni se le espera. Pasaron por aquí hace unos días unos guardias, compadres suyos, a contarnos que tenemos que recoger el chiringuito e irnos a otro lado.
        —¿Y ustedes qué les dijeron? —preguntó Charito, mientras la enmudecida Paqui se derretía al pensar en recorrer Europa con semejante pibón en una furgoneta, escuchando cintas de Los Chichos y fumando hachís en cantidades industriales.
        —Pues miren, yo no sé ná ni puedo hablar mucho, pero un amigo de un amigo me contó que le habían dicho que a alguien le parecía haberlos visto ardiendo bajo la pira de chatarra. Eso sí, yo no sé ná, eh, solamente me lo han contado en el barrio. Pero les puedo dar un lugar donde pueden ir a preguntar por Manuel, el de los Valls.
        El gitano José les dio un papelito con una dirección. «¡Y encima sabe escribir!», pensó Paqui. «¡Con lo que a mí me gustan los hombres instruidos!» Charito dio las gracias a José y sacó a Paqui de su ensueño:
        —Toma el papelito y programa el GPS, que vamos a buscar al catalán ese.
        —No tenemos GPS.
        —Pues saca el mapa.
        —No tenemos mapa.
        —Pues entonces te toca preguntar.

«Hôtel de Beauvau. 8ème arrondissement». En la entrada vieron a dos hombres vestidos de guacamayos que comentaban los últimos resultados del torneo Seis Naciones. Mientras Charito aparcaba en doble fila en la puerta del palacio, Paqui les convenció rápidamente de que las dejaran pasar, para lo cual tuvo que amordazarlos. Una vez que se encontraron en el jardín del palacio, vieron al Ministro del Interior paseándose y decidieron ocultarse en unos arbustos para presenciar la escena.

(Manuel Valls habla por teléfono) Sí, sí, lo que te digo, Jean-Marie, que además de ser gente que tiene el irritante defecto de haber nacido fuera de las fronteras de la República, son tan ordinarios que hablan francés con acento extranjero. La lengua francesa es una unidad de destino en lo universal, por ello hay que preservarla y es inadmisible que ciertos extranjeros pretendan hablar francés como un francés… Sí, es cierto que soy hijo de una suiza de origen italiano y de un español. ¡Pero no me compares, mi querido Jean-Marie! Mi familia no vino a Francia a delinquir, ni a quitarle el trabajo a los franceses, ni a abusar del sistema de salud público, ni a acaparar las ayudas sociales. Además, nos adaptamos enseguida al modo de vida francés, no somos polígamos y no nos dedicamos a la prostitución. Mi familia vino para mejorar la gran obra de la República francesa, y en eso, querido Jean-Marie, nosotros dos coincidimos…
       
«¡AAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!» Hastiadas de la amalgama de clichés racistas y autocomplacencia, Paqui y Charito se abalanzaron sobre el actual Ministro del Interior francés, lo amordazaron y se lo llevaron en volandas, como si de la Virgen de Triana se tratase, hasta la furgoneta de Julián, con la que pusieron rumbo al sur. Manuel Valls, encerrado en la parte trasera, pataleaba y hacía ruidos guturales, pero Paqui y Charito, inasequibles al desaliento, se limitaban a subir el volumen de la radio. 
        Una vez que hubieron cruzado la frontera, a la altura de Vich, decidieron hacer un alto en el camino y comprobar el estado de salud del reo. Manuel Valls dormía como un angelito, fatigado por los gritos y los golpes contra las paredes de la furgoneta. Como les daba pena despertarlo, lo colocaron en un gran canasto de mimbre cubierto con la bandera gitana, lo depositaron en la puerta del Ayuntamiento y se apostaron en la furgoneta para esperar. A los pocos minutos, salió del Consistorio un hombre de rostro afilado y pelo cano que, tras ver la bandera, comenzó a propinar patadas y puñetazos al moisés. Los golpes despertaron a Manuel Valls, quien enseguida comenzó a correr para escapar de su agresor.
        Paqui y Charito, satisfechas con la deportación llevada a cabo y convencidas de haber aplicado rigurosamente la ley, pusieron rumbo de regreso a casa, felices y realizadas. 

Bandera gitana

Moraleja: Detrás vendrá quien bueno te hará, my dearest Sarko.

*Forma popular de pronunciar ecce homo, propia de las barriadas del sur de Madrid, lugar de origen de Paqui.