domingo, 27 de enero de 2013

La III Guarra Mundial



La III Guarra Mundial

A continuación, transcribimos íntegramente un artículo publicado en Wikipedia a las doce del mediodía del 25 de enero de 2025 y eliminado pocas horas después. Se cree que la CIA está detrás de este nuevo acto de censura. No nos hacemos responsables de la veracidad del contenido de este artículo, cuyas fuentes no hemos verificado. Únicamente nos mueve a publicarlo el afán de divulgación.

La III Guarra Mundial
La III Guarra Mundial es un conflicto político, social y económico iniciado en los primeros años del siglo XXI y que dura hasta la actualidad. El nombre de sus contendientes a día de hoy sigue sin ser conocido por la opinión pública, pero la historiografía y la politología actual los viene denominando de la siguiente manera: Mosca I (Norte), Mosca II (Sur), Mosca III (Este), Mosca IV (Oeste) y Mosca V (Centro).
El origen del conflicto se sitúa en el descubrimiento de la coproproteína, obra del científico italiano Punsetini. Se trata de una proteína presente en las heces de algunos mamíferos, entre los que se encuentra el ser humano. La coproproteína sintetizada sirve como potente combustible para el motor de explosión, y además tiene un poder destructor 10 veces mayor que el uranio enriquecido.
Tras este descubrimiento, los 5 contendientes comenzaron a pugnar encarnizadamente por ejercer el control sobre la producción mundial de heces. El número de víctimas que hasta el momento ha causado el conflicto oscila tanto que todo afán de rigor es pura utopía. Los historiadores dan unas cifras que van de los cien mil millones al millón de millones de personas. Sí podemos afirmar que la práctica totalidad de estas víctimas no participaba activamente en el conflicto. Se trata, pues, de víctimas colaterales.
Como contrapartida a esta lucha por ejercer el control sobre la defecación mundial, surgieron en algunos territorios (sobre todo en las zonas de influencia de Mosca III y Mosca V) una serie de grupos revolucionarios opuestos a las pretensiones totalitarias de las Moscas. Mientras que la identidad de las Moscas es prácticamente desconocida, el nombre de estos grupos, así como el de sus miembros, ha sido ampliamente difundido por los medios de comunicación controlados por los contendientes mosquiles. Estos grupos opositores han sido acusados de terrorismo en varias ocasiones, y algunos de sus miembros han sido procesados por la justicia. Sin embargo, se cree que estos grupos considerados terroristas no son más que grupos propagadores de ideas anti coprocráticas.
Los principales grupos opuestos al régimen mosquil son: GACH (Grupo Armado contra el Control de las Heces), PRAC (Plataforma Revolucionaria Anti Coproproteína), MAPLIM (Movimiento Alternativo Por la Liberación de los Mamíferos) y Toma tu Hez. De estos grupos, solamente el GACH ha sido procesado formalmente por uso indebido de la violencia, al haber hecho saltar por los aires un depósito de heces controlado por Mosca I. Los miembros del resto de grupos que se encuentran en prisión son considerados presos políticos.
Auspiciados por estas organizaciones, ha surgido todo un movimiento social contra el control totalitario de la coproproteína. Sin embargo, la mayor parte de la ciudadanía sigue teniendo la percepción de que estos grupos arriba mencionados, y las personas que los apoyan, son peligrosos radicales contrarios al sistema coprocrático. Según las últimas encuestas realizadas por El Vertedero (periódico de gran tirada publicado en la zona de influencia de Mosca V), el 99.9% de la población se siente más seguro si es la Mosca de su territorio quien ejerce el control de la producción mundial de heces. Asimismo, el 88.6% de la población encuestada piensa que estos grupos anti coprocráticos sólo pretenden desestabilizar el orden mundial. El 64.3% añade, además, que sus miembros son personas sin estudios y con un marcado cariz violento.

Situación geopolítica previa al descubrimiento de la coproproteína
La principal característica de la situación global en la era pre coprocrática es la división del mundo en 5 zonas de influencia, que son: Norte, Sur, Este, Oeste y Centro.
Estas 5 grandes zonas de influencia estaban, a su vez, conformadas por diversos Estados nacionales. La población nunca llegó a tener conocimiento de quién tomaba las decisiones en su propia zona de influencia, ya que el líder cambiaba cada cierto tiempo sin que la ciudadanía fuese informada. La historiografía ha denominado a los jefes de las zonas de influencia res mutabilis. Sin embargo, los líderes territoriales de los Estados nacionales eran bien conocidos por la población. Con una frecuencia que oscilaba entre los 4 y los 7 años, se celebraban comicios donde los aspirantes al liderazgo territorial exaltaban valores nacionales (unos) y valores de hermandad con otros pueblos (otros). Un mes antes de la celebración de dichos comicios daba comienzo la campaña, sufragada a partes iguales por los propios contribuyentes, por el líder de la zona de influencia y por una caja de dinero en B. El origen de este dinero en B solían darlo a conocer los medios de comunicación afines al candidato perdedor, siempre varios meses o años después de la celebración de los comicios.
Los grupos contrarios a los líderes de los Estados nacionales solían pujar para convertirse ellos mismos en líderes de los Estados nacionales. Si alguno, por ventura, lo conseguía, comenzaba de inmediato a colaborar estrechamente con los líderes de las zonas de influencia, contradiciendo, por lo tanto, su programa político primigenio. En algunos casos, este programa político primigenio había sido diseñado directamente por un grupo de res mutabilis. En estos casos, el grado de colaboración entre el líder electo y el res mutabilis era, pues, muy alto.
Por otro lado, los movimientos contrarios a los res mutabilis eran incluidos en la lista de grupos terroristas. Se llegó a dar el caso de que algunos líderes organizaron ataques terroristas en su propia zona de influencia, para acusar después de ellos a los grupos opositores. Ver Atentados 11-S y Atentados 11-M

El descubrimiento de la coproproteína y el inicio de la era coprocrática
El 15 de septiembre de 2008, el fisiólogo italiano Giovanni Punsetini, con el apoyo del bioquímico polaco Esvelzekovitch y del físico nuclear argentino Machiaveli, logró sintetizar el principio activo de la coproproteína. Las principales consecuencias científicas de este descubrimiento son:
—el diseño de un tipo de combustible de gran potencia basado en la coproproteína;
—el desarrollo de fertilizantes basados en la coproproteína (el uso de estos fertilizantes hacía que las frutas y las verduras desarrollasen un tamaño apto para la venta en el transcurso de 10 minutos);
—el descubrimiento de que la fisión de los átomos que conforman la coproproteína, unida a un posterior proceso de centripetación, genera una fuerza destructora 10 veces superior al uranio enriquecido.
Los tres científicos obtuvieron conjuntamente el Premio Nobel de Física y el Premio Nobel de la Paz. Estos premios fueron entregados por el líder de un Estado nacional perteneciente a la zona de influencia Oeste. Dicho líder era mundialmente conocido por tener la piel de un color, por no cometer errores sintácticos o semánticos al usar su lengua materna (el inglés) y por ser relativamente atractivo. Su antecesor había sido muy criticado por tener la piel de otro color, por no mantener la debida observancia a la gramática de su lengua y por tener un aspecto físico un tanto grotesco. Estos dos líderes nacionales, junto con infinidad de líderes anteriores, en virtud de una serie de pactos tácitos milenarios, debían apoyar incondicionalmente y suministrar armamento a uno de los Estados nacionales de la zona Este. Este armamento era usado contra otro de los Estados nacionales de la zona Este. Este segundo Estado, a su vez, recibía apoyo y armamento de algunos Estados nacionales de la zona Sur, pero en menor cuantía. Este conflicto interno se vio enormemente agravado tras el descubrimiento de Punsetini.
Tras el descubrimiento de la coproproteína, los 5 res mutabilis a cargo de las 5 zonas de influencia se metamorfosearon en Moscas y empezaron a pujar para hacerse con el control de las reservas de heces de las otras zonas. Esto provocó una desestabilización del orden mundial. Los res mutabilis deseaban tener un mayor poder sobre las políticas internas de los Estados nacionales; por ello, se vieron obligados a hacer concesiones a los líderes de los Estados nacionales. Estas concesiones mayormente se tradujeron en un suministro casi inacabable de orgías, drogas y rock and roll. El pueblo solía tener conocimiento de los escándalos de la zona de influencia de al lado, pero rara vez de los escándalos protagonizados por los líderes de su propia zona. El líder nacional de uno de los territorios controlados por Mosca V fue excesivamente ostentoso, de manera que la ciudadanía de su Estado llegó a tener conocimiento de esta vorágine de orgías y bótox a través de la prensa de su propio Estado nacional. Debido a esto, dicho líder fue depuesto por Mosca V, quien consideró que no era necesario celebrar unos comicios. En lugar del líder ostentoso, Mosca V colocó a otro más sobrio y que sacaba mejores notas en el cole.
La ciudadanía que habitaba las zonas de influencia Centro y Oeste, y parcialmente también la de la zona Norte, tras años de pan, paz, buenrollismo y telebasura, no sabía de dónde le venían las hostias, y su única afán era capear el temporal, pagar la hipoteca, defraudar a Hacienda en la medida de lo posible y matricular a sus hijos en un colegio concertado. La población de la zona Suroriental se levantó contra los líderes territoriales, los cuales fueron inmediatamente depuestos por los res mutabilis. En su lugar colocaron a otros más bonitos y que olían mejor.
En la zona de influencia Este los líderes ostentaban el poder omnímodo, de manera que la población sólo soñaba con no morir de un sobresfuerzo o de un disparo de la mafia, y con conseguir ahorrar lo suficiente para poder poner una tienda de alimentación en Torremolinos.

Status quo actual y previsiones de futuro
En la actualidad, las Moscas de las 5 zonas de influencia pugnan arduamente por el control de la producción mundial de heces. La tensión alcanzó un punto álgido cuando Mosca IV mandó publicar en los medios de comunicación de la zona mundo que sus soldados habían asesinado y arrojado al mar a un importante líder territorial de la zona de Mosca III. Posteriormente se supo que todo había sido un montaje, y que dicho líder no sólo no estaba muerto, sino que se mete rayas en el Pachá de Malasaña todos los fines de semana con Mosca I, Mosca II, Mosca III, Mosca IV y Mosca V. (Este dato está pendiente de revisión)
La preponderancia de una Mosca sobre otra suele variar en función del Euribor, el Índice Nikkei y el estado de ánimo de José Mourinho. No hay, pues, mucho espacio para la esperanza. Siendo realistas, las previsiones de que el orden mundial se estabilice son nulas.
Los soldados al servicio de cualquiera de las Moscas luchan contra los soldados al servicio de cualquiera de las otras Moscas. Cuando mueren, sus familiares los lloran, se les hace un funeral de Estado y se cubre su féretro con una bandera nacional comprada en el Todo a Cien. A veces, cuando existe un grupo de presión, sus familiares reciben una indemnización y hasta salen por la tele.
Actualmente, se prevé un estallido violento en la zona de influencia de Mosca III. Este conflicto lo librarán, por un lado, los ejércitos de Mosca I, Mosca IV y Mosca V (ejércitos que, en previsión de lo que pudiera pasar, ya se federaron en 1948) y por otro lado los de Mosca II y Mosca III. Las consecuencias de este conflicto son imprevisibles. La ventaja de los habitantes de las zonas de influencia Norte, Oeste y Centro consiste en que podrán olvidarse del conflicto cambiando de canal.
FIN


martes, 22 de enero de 2013

Rosi se hace las ingles brasileñas



Rosi se hace las ingles brasileñas
Me llamo Rosa. Tengo 45 años. Y un hijo adolescente.
De lunes a viernes soy la señora de la limpieza de un colegio público. Ayer fui a darle una vueltecita a los váteres del baño de profesoras. Dentro vi a la directora montándoselo con la conserje. Me alegro de que por fin se hayan atrevido a dar el paso. Aunque creo que esa imagen me ha traumatizado. Desde entonces no soy la misma.
Hoy es sábado. Me he despertado a las 9, me he hecho la raya, me he pintado las uñas y he bajado a la compra. Consigo hacer todo tipo de cosas sin romperme las uñas ni clavármelas. Hasta masturbarme.
He comprado pan, fideos, garbanzos, un esqueleto de gallina, magro de ternera, chorizo. Hoy voy a poner cocido. También he comprado un piolet. No voy a matar a Trotsky. Simplemente me ha dado por ahí.
Mi marido se pasa el día tocándose los cojones en el sofá. Lleva 4 años en paro. Ya ni sé de qué color es su glande. Mi hijo tiene 14 años y se pasa el día encerrado en el baño haciéndose pajas. Antes los sábados por la tarde iba a pilates. Luego empecé a ir al bingo. Ahora me meto en la cocina a escuchar Carrusel Deportivo. Hoy el Rayo le ha metido cuatro al Santander. Ese es mi Rayo.
Después del partido del Rayo, mi marido ha venido a decirme que se baja al bar. Ya era hora.
Desde que la comadrona me rasuró, no he vuelto a depilarme las ingles. Empuño las tijeras del pescado y me dirijo al cuarto de baño. Salgo cuatro horas después. Se me ha ido un poco la mano. Me han quedado ingles brasileñas. Me gusto.
Llega mi marido. Tiene en los labios el inconfundible cerco que se le queda después de haber bebido vino. Con voz pastosa, me pregunta qué hay de cena. No le contesto, tal y como suelo hacer. Me voy hacia el dormitorio. En su almohada, el cerco amarillo-parduzco del sudor. No lo aguanto.
Cojo una bolsa de esas cuadraditas del mercadona y meto dentro lo esencial: bragas, sujetador, jersey, medias, falda. Pijama y zapatillas. Una crema y el cepillo de dientes. Las llaves del coche. Tabaco, mechero. De repente me acuerdo del piolet. Éste también se viene conmigo.
Voy hacia la puerta.
—¿A dónde vas?
—A la calle.
—¿Para qué?
—Eso a ti no te importa.
—¿Cómo?
—Lo que has oído.
—¿Pero se puede saber dónde vas a estas horas?
—Ya te lo he dicho, me voy a la calle.
—Tú no te vas a ningún sitio.
En ese momento, se acerca a mí con la mano levantada. Saco de la bolsa el piolet. Se caga por las bragas.
—¿Qué es eso?
Tener algo alargado y duro en las manos me llena de agresividad. Encima se me está clavando el puto támpax.
—Un piolet, ¿o es que no lo ves, gilipollas? Como des un paso más te mato.
—Pero Rosi…
—¡NI PERO NI HOSTIAS! Estás calvo y tienes papada. ¡Fuera de mi vista!
Bajo las escaleras. Esta noche no estoy sola. Esta noche estoy conmigo.

Me subo al coche, le doy al contacto. «Devuélveme el rosario de mi madre y quédate con todo lo demás. Lo tuyo te lo envío cualquier tarde, no quiero que te acuerdes nunca más.» Ole, José. Me doy cuenta de que tengo hambre. En mi barrio no hay ningún sitio abierto. Sólo un centro comercial al otro lado de la circunvalación. Hacia allá me dirijo. Aparco el coche, entro, subo las escaleras mecánicas. En los centros comerciales siempre hay niños, pero es tan tarde que sólo quedan mendigos tomando un plato de comida caliente. Me siento en un restaurante de espaguetis vietnamitas o algo así. Los mendigos me miran. No sé quién es más ajeno al lugar, si ellos o yo. Uno de ellos, el único que parece estar borracho, se me acerca. Parece que tengo un imán.
—Perdón, ¿me puedo sentar?
—Sí.
Tiene los ojos vidriosos y ademanes lentos. Me da miedo que se caiga de la silla.
—¿Sabe? Me escapé de la cárcel hace 3 meses.
—Aha.
—Desde entonces estoy dando vueltas por ahí.
—Muy bien.
—¿Usted no tendría unas monedas para ayudarme?
Como no valgo para decir que no, le invito a cenar. Espaguetis con pegotes de carne y una salsa de color marrón claro.
—Acabé en la cárcel por el hijo de puta de mi cuñao, que es traficante y me lio. 
—Vaya.
—Yo no hice nada, se lo juro a usté.
—Le creo.
—¿Sabe? El problema es que en el mundo hay más hijos de puta que botellines, y mire que hay botellines. Por eso estoy como estoy.
Pienso que tiene más razón que un santo, pero no se lo digo para que no se venga arriba.
—Tiene usted toda la razón, pero me tengo que ir.
Hago ademán de levantarme, pero sigue hablándome:
—Le dan la condicional a mi chorba la semana que viene. Hasta entonces me voy a quedar en este restaurante. ¿Viene usté mucho por aquí?
Hacía años que nadie era tan romántico conmigo.
—No, no mucho. Hasta otra.
Me vuelvo al barrio y aparco frente al portal de la Amparito. Ésta se viene conmigo esta noche, que tenemos mucho que hacer las dos.
—¿Amparito? Baja.
—¿Para?
—Que bajes.
—Está bien, ya aprovecho y saco la basura.
La Amparito vive con su madre. Hace 50 años que aparenta 50 años. Su único placer consiste en ver la televisión cuando su madre se va a la cama. Antes se venía al bingo conmigo, pero ya ni eso. Va siendo hora de que nos lo pasemos bien.
La espero apoyada en el coche echándome un cigarro. Se enciende la luz del portal y veo aparecer por las escaleras unas zapatillas moradas de felpa. A continuación, los bajos de una bata azul clarito. Después, la bolsa de la basura. Por último, la cabeza de la Amparito.
—¿Qué haces aquí a estas horas?
—Buenas noches, lo primero.
—Buenas noches. ¿Tú has visto qué hora es?
—Amparito, cállate y sube al coche.
—¿Cómo?
—Que tires la basura y subas al coche.
—¿Para qué?
Segunda vez que me preguntan lo mismo esta noche.
—Amparito, no me hagas repetirlo otra vez. Esta noche tú y yo nos vamos por ahí.
Saco el piolet de la bolsa del mercadona. Al verlo, se asusta y sube al coche. Camarón sigue a lo suyo. «A dibujar esta rosa, ayúdame compañera, que yo solito no puedo dibujarla tan hermosa.» El compañero de mi vida es él. La Amparito va agarrada al cinturón de seguridad.
—¿Se puede saber dónde vamos? No le he dicho nada a mi madre.
—Tienes 46 años. Y no sé dónde vamos porque no salimos nunca. Algún sitio encontraremos.
La Amparito va en bata y pijama. Yo no voy mucho mejor vestida. Veo un supercor. Aparco.
—¿Qué haces?
—Espera.
Vuelvo a los diez minutos con dos botellas de whisky, vasos, hielo, coca-cola y patatas fritas. Un disfraz de enfermera y otro de diablesa.
—¿Y eso?
—Amparito, deja de hacer preguntas. Cámbiate de ropa y ponte unos güisquis.
—¿Dónde me cambio?
—Coño, pues en el coche.
—No, en el coche no me cambio.
—Como quieras. Yo sí. ¿Qué disfraz te pides?
—Me da igual.
Me quedo con el de diablesa. El negro me sienta muy bien. Me bebo un whisky del tirón y arranco. Cojo la circunvalación y voy hacia Alcalá de Henares. Veo de lejos un control de la guardia civil. Como vean a la Amparito en bata nos paran fijo.
Tensión. Pongo cara de «aquí no está pasando nada». No nos paran. Respiro. Dos kilómetros después, luces de neón. «Club Palmera».
—Rosi, ¿se puede saber qué estamos haciendo? ¿Por qué te paras?
—Pues porque nos vamos a tomar una copa. ¿Acaso has visto algún otro sitio abierto por el camino?
—Pues no, pero no sé, la gente normal sale por Madrid. Nunca había estado aquí.
—Pues también es verdad. Pero ya que estamos no nos vamos a marchar. Además, te recuerdo que vas en bata. Así no te van a dejar entrar en ningún sitio. ¿Por qué no te cambias de ropa?
Al ver el panorama, se decide a cambiarse en la parte trasera del coche. Entramos en el garito.
Un pasillo oscuro con las paredes tapizadas de terciopelo negro. Una cortinilla de tiras de plástico rojo. Voces y música. Cruzamos la cortinilla. Tras la barra, una chica rubia con el pelo corto y un top de cuero blanco con tachuelas le está poniendo una copa a Esperanza Aguirre. A su lado, Luis Bárcenas. Nos lo vamos a pasar muy bien.
Empezamos a buscar un sitio para sentarnos cuando alguien nos llama. Un grupo de hombres en una mesa grande. Tienen una botella, hielo y vasos. Señalan dos butacas vacías. Nos acercamos.
—¿Les gustaría sentarse con nosotros? Les invitamos a una copa.
¿Por qué no? Me siento extraña con el disfraz de diablesa. A la Amparito el blanco no le sienta nada mal.
A la mesa, Jaime, director de marketing de una multinacional. Eduardo, presidente de la multinacional. Adolfo, un guardia civil retirado. Veo que sigue habiendo dos butacas vacías más. Eduardo nos sirve unas copas y toman asiento Esperanza Aguirre y Luis Bárcenas. Adolfo nos presenta.
—Mucho gusto —Bárcenas.
—Es un placer —Esperanza.
Aparece una mujer más, llamada María Teresa. Hablan de sobres y de fotocopias… Nada que nos interese. La Amparito y yo hacemos ademán de ir a bailar. Esperanza Aguirre me coge de la mano.
—Rosi, ¿quieres bailar conmigo? Me pone mucho tu disfraz. Tengo un lado satánico muy pronunciado.
No me da tiempo a decir nada cuando ya estamos dando vueltas por la pista. Eduardo saca a bailar a la Amparito. Tras dos o tres canciones marchosas, empiezan las lentas. Esperanza Aguirre me estrecha contra su cuerpo. Esta mujer es un sueño hecho realidad. Baila como los ángeles. Mejor, como los demonios.
—Rosi, dime qué deseas hacer esta noche.
—Esperanza, deseo ir a ver el mar.
Tras pegarme unos cuantos buenos meneos, se disculpa para ir a hacer unas llamadas. En la mesa siguen hablando de sobres que van y vienen.
—Amparito, ¿qué tal con Eduardo?
—Muy bien. Creo que me he enamorado.
Es lo que tiene no haber olido a un hombre en quince años. No le digo nada, es mejor así. Se marcha con Eduardo a un reservado. Al cabo de un rato, vuelve Esperanza.
—Señores, señoras, Rosi desea ir a ver el mar y soy tan satánica que sus deseos son órdenes para mí. Dentro de 30 minutos nos esperan en la base aérea de Torrejón. Mi avión privado pagado por el erario público nos llevará hacia algún destino con mar. ¿Alguna preferencia?
Contesta Jaime.
—Mi amigo Manuel, el embajador de España en Cabo Verde, mañana da una recepción en su casa. Si salimos ahora podremos dormir en el avión y aún tendremos tiempo de tomarnos unas caipirinhas y darnos un baño antes de ir a cenar a su casa.
Esperanza Aguirre me toma dulcemente la mano.
—¿Te apetece, Azrael mío?
Esta mujer tiene una mirada tan penetrante que me hipnotiza.
—Me encantará.
Pienso «por fin podré lucir mis ingles brasileñas».
Eduardo y Amparito vuelven. Salimos hacia Torrejón de Ardoz. Cuatro horas después, estamos en Cabo Verde.

Esperanza y yo hemos estado haciendo planes de futuro en el avión. Quiere que tengamos 3 cabritillos. Yo prefiero 2, cabritillo y cabritilla. Ya nos pondremos de acuerdo. Al llegar a Cabo Verde siento que me falta el aire. El nivel de humedad debe de ser del 1.000%. Espero acostumbrarme rápido, porque la humedad es malísima para hacer la tijera.
Vamos a la playa y nos damos un baño en ropa interior. El agua está fresca y despierta mis sentidos. El sol brilla. Esperanza me propone que vayamos hacia las rocas. Allí buscamos una pequeña cueva desde la que se ve el mar, y nada más. Se oye el mar, y nada más. La vida es bella.
Volvemos hacia la orilla y nos vamos al chiringuito. Me tomo una deliciosa crepe salada y una caipirinha. Dejamos caer la tarde plácidamente desde una tumbona.
A las siete de la tarde, Jaime nos dice que tenemos que ir a la recepción en casa de Manuel. Me pongo el disfraz de diablesa y hacia allá nos vamos.
En la entrada de la casa, don Manuel y su señora, un guardia civil compañero de Adolfo, la encargada de negocios de la embajada, uno que pasaba por ahí, el que mató a John Lennon, Steve Urkel, Macaulay Culkin, Jimmy Giménez-Arnau, un fotógrafo con gafas y un exuberante camarero africano con una bandeja llena de gintónics. Cojo uno. Ya estoy lista para pasar a la siguiente pantalla.
Cruzo el salón y llego a una enorme terraza con vistas al mar llena de gente. Comida por todas partes. Creo que me voy a divertir. Con Esperanza a mi lado todo es posible.
Cuando nada puede ir a más, aparece una troupe flamenca para animar el cotarro. Gitanos granaínos en Cabo Verde. «Shiquilla, menoh mal que no hemoh traío hamón, que con la humedá se habría quedao revenío.» Más razón que un santo tiene. Aparece una rubia preciosa con mucho arte y acento canario que me presenta al personal. Cuando me quiero dar cuenta, me he bebido una cantidad de gintónics que oscila entre los 5 y los 15. Gintónic arriba, gintónic abajo.
Aparece una loca vestida de negro, con gafas y sin zapatos, que insiste en bailar conmigo. Espero que Esperanza me saque de ésta. Pero Esperanza no viene, así que mientras tanto entretengo el pedo viendo cómo la loca de negro baila flamenco en el salón del embajador. Al final me animo y bailo yo también.
Cuando me harto de bailar, me tumbo en el sofá del embajador. Me quedo dormida. Después de unas cuantas horas, Esperanza Aguirre me despierta con un dulce beso y me lleva en brazos a la terraza. Me deposita suavemente en una tumbona. Me vuelvo a quedar dormida. Cuando despierto, tengo ante mí un espectáculo que, aunque no nos demos cuenta, se repite todos los días: el sol está asomando entre los acantilados y el mar. Esperanza me coge de la mano. Ya me da igual cuántos cabritillos quiera tener. Sólo quiero que este momento no acabe nunca.

lunes, 21 de enero de 2013

Palmeras y dátiles



Palmeras y dátiles

Salgo de casa. Mierda, llueve y hace frío. Cojo el autobús. He quedado con Julieta a las seis menos cuarto.
         Al bajarme del autobús, un coche se salta un semáforo, pasa por encima de un charco y me salpica de arriba abajo. Menudo cabronazo, tío tenías que ser. Luego dirá que si le rayan el coche. Si es que van provocando.
         Llego media hora tarde. Julieta está esperándome en un bar (sin Romeo). Ya lleva dos gintónics. Yo le digo que en media hora no le ha dado tiempo a tomarse dos gintónics. Me dice que lleva en el bar desde ayer. No sé por qué, pero me lo creo.
         Nos metemos en el cuarto de baño del bar para ponernos monas. Julieta se viste de tanguera, con un vestido negro, tan ajustado que se le notan los gintónics. Se pone un colgante de pedrería negro, modelo rosario satánico. Se recoge el pelo (no se ha traído el secador, ¡fallo gordo!) y se pega con saliva un rizo a la mejilla. Zapatos con tacón de 25 cm. Ni Paco Clavel puede andar con eso. Yo me visto de flamenca, con un corpiño estampado y falda negra con un volante rosa. Moño, clavel, peineta. Zapatos de tachuelas. Salimos a la calle.
         En la acera de enfrente está nuestro objetivo: una agencia de viajes de El Corte Inglés.
         Entramos. Dependienta joven, pelo recogido, camisa recién planchada, pendientes de perlas. Pobrecita.
—Buenas tardes —nos dice con una magnífica sonrisa—. ¿Qué desean?
La dependienta no se ha visto en otra. Ya está pensando que en cuanto nos marchemos va a mandarle un wasap a todos sus contactos. Desea hacernos una foto, pero se contiene. Se le acaba el contrato con la ETT dentro de 5 minutos, y si le entrega su alma a Bankia a cambio de un paquete de putrefactas participaciones preferentes le prolongarán el contrato durante 5 minutos más.
Que conteste Julieta, que a mí me da la risa si le miro los pendientes.
—Muy buenas tardes, señorita. Queríamos dos billetes de avión a la mierda.
La señorita nos mira con cara de panoli.
—Perdone, no le he entendido bien.
Tiene la voz nasal. Lo que me faltaba.
—Sí, sí me ha entendido bien —así me gusta, Julieta, con asertividad—. Queremos dos billetes de avión para irnos a la mierda.
La dependienta se gira hacia el ordenador. Él es su mejor amigo, nunca la abandonaría. Teclea furiosamente, haciendo ruido con sus uñas pintadas.
—Perdone, pero ese destino no consta.
Voy a tomar cartas en este asunto.
—Busque, busque —contesto—. Busque bien que el Amadeus lo sabe todo. Pruebe tecleando «Alamierda» todo junto.
Lo hace.
—No consta —persiste en poner voz nasal. Al final me voy a tener que mosquear.
—Bien, señorita —continúo—. Pues entonces pruebe con «Ala Mierda».
—Sí, con «Ala Mierda» sí consta algo. Es una aerolínea.
—Muy bien, señorita. ¿Lo ve como el Amadeus lo sabe todo? Pues venga, denos dos billetes con aerolíneas «Ala Mierda».
—De acuerdo, señora. ¿A qué destino desean viajar?
Esta pelandrusca no sabe que odio que me llamen «señora». Como la pille en un callejón va a saber quién soy yo. Tomo aire, respiro hasta tres, como me dijo que hiciera el psicólogo de Proyecto Hombre, y prosigo.
—Señorita, ya se lo hemos dicho. Queremos irnos a la mierda.
—Les mostraré los destinos a los que vuela esta aerolínea.
Voltea el monitor para que veamos. La lista es infinita, no tenemos ganas de leer. Tengo una idea.
—¿Hay algún destino que empiece con K?
—Sí, hay uno.
—Pues ahí queremos ir.
—¿Cuándo desean viajar?
—Julieta, deja de atusarte el rizo y habla.
—Queremos irnos a la mierda cuanto antes.
—Muy bien. Hay un vuelo a K mañana a las 6 de la madrugada. La agencia misma les puede tramitar los visados.
—De acuerdo, háganlo. Tomaremos ese vuelo y pagaremos en efectivo.
La señorita imprime los billetes y nos dirigimos a la sección de maletas. Nos compramos una maleta de viaje talla XXL cada una y la llenamos de cremas bronceadoras, bikinis pequeñitos y trajes playeros. Y un secador modelo «desert eagle» de los que usa el ejército israelí. Nos damos cuenta de que no sabemos qué tiempo hace en K. Tampoco nos importa.
Hasta las 6 de la madrugada tenemos tiempo. Nos vamos a cenar y a tomar copas a la calle Manuela Malasaña. Entramos en el Molly Malone, del que nos terminan echando porque Julieta se ha empeñado en bailar tango con un hooligan del Manchester que había perdido el autobús de su hinchada y llevaba varios días dando vueltas por Madrid. Salimos del bar. Julieta está llorando porque dice que el hooligan le ha roto el rosario satánico. Viene la policía, y nos damos cuenta de que nuestras maletas se han quedado dentro. Aporreamos la puerta del bar, pero el dueño se atrinchera dentro. No quiere abrir por miedo a una multa. Yo empiezo a cantar a grito pelado la canción de Molly Malone: «alive, alive, oh, crying cockels and mussels, alive, alive, oh». En ese momento baja Cristina Cifuentes, que vive dos pisos por encima del bar, con una katana, para dulce y pacíficamente sugerirnos que volvamos a hacer la vía pública transitable, y que de paso no le jodamos el polvo con su marido el que está en busca y captura. Al vernos vestidas de tanguera y de gitana se le sube ligeramente el tinte, pero enseguida la color vuelve a su ser. El dueño del bar nos da las maletas, nos arrojamos al interior de un taxi y salimos para Barajas.

«El próximo avión de Ala Mierda con destino a K está listo para embarcar. Por favor, preparen su tarjeta de embarque y abran su pasaporte por la página de la fotografía.» Estoy durmiendo apoyada en una columna cuando oigo este mensaje. Julieta está elegantemente acostada encima de nuestras maletas. Nos ponemos a la fila y embarcamos. Por error, nos han dado dos pasajes en primera clase. No saben lo que han hecho.
Un azafato rastafari nos ofrece champán antes del despegue. No sabemos decirle que no a tan amplia sonrisa. Nos quedamos dormidas antes de despegar. El azafato rastafari nos arropa con sendas mantitas de viaje donde pone «Ala Mierda». Al cabo de un buen rato me despierta el olor de un aceitoso plato de algo parecido al arroz pero más oscuro y con tropezones. Le doy un codazo a Julieta, quien al ver el menú pone cara de asco, pero nos decimos: «a la mierda, hay que probarlo todo». El plato no estaba mal. Menos mal que en primera clase tocamos a un baño para cada 50 pasajeros. En clase turista están peor. Creo que no tienen baño. Tampoco tienen plato aceitoso, sólo panchitos, así que no lo necesitan.
Llegamos a nuestro destino. Hace un calor asfixiante. El corpiño me ahoga. Decido quitármelo y quedarme en sujetador. Enseguida se me echa encima un batallón de militares que está montando guardia en el aeropuerto. Pensaba que era para pedirme un autógrafo. Me llevan a comisaría.
Cuatro horas después Julieta me saca pretextando que tengo el «síndrome de Janet (Jackson)». Menos mal, porque el comisario ya me estaba poniendo ojitos. Cogemos un taxi y le pedimos al taxista, en perfecto español, que nos lleve a cualquier hotel situado en el centro de K. El taxista contesta, en perfecto español también pero comiéndose las erres: «sí, mi amol, allá vamos». Esto empieza a gustarme.
         Nos lleva a un lujoso hotel construido sobre un acantilado. Aquí parece que tampoco hay ley de costas. Nos abre la puerta del taxi un fornido porteador de maletas. A Julieta se le cae la baba. A mí se me caen las monedas con las que tengo que pagar al taxista a una alcantarilla. El taxista me dice que no importa y repite las palabras «mi amol» como si de un mantra se tratase. Me lía para que quedemos por la noche, que ya le pagaré después. También me lía para que le dé mi número de teléfono, mi número de cuenta corriente y el de la seguridad social. Tengo que aprender a decir que no.
         Nos dan la llave de una habitación suite con vistas a la bahía. Dos camas grandes, jacuzzi, súper bar (por fin un hotel donde el concepto mini no existe) con botellas de las de verdad, no de las de muestra. Cesta de frutas. Papel de fumar y una marihuana que huele desde lejos. Me gusta, me gusta. Parece que hemos acertado con el vestuario, porque el clima de K invita al despelote. Julieta se bebe tres o cuatro gintónics. Yo tres o cuatro copazos de ron. No me acuerdo de si he desayunado. Tampoco importa, ya desayunaré mañana. Hay momentos para todo.
         Tras dar cuenta de las copas nos ponemos el bikini y nos bajamos a la piscina del hotel. Chulazos en tanga, chulazas en tanga. En este país nadie tiene celulitis. Tampoco existen los niños. Deben de ser adictas a los anticonceptivos hormonales, porque con este calor el preservativo se escurre de la pichurrina. Nos pedimos unas ensaladas para comer (no quiero volver a probar el arroz en mi vida) y nos sentamos en sendas hamacas a hacer la digestión. Con la compañía de sendas caipirinhas, no nos vaya a entrar resaca. Nos quedamos dormidas.
         Cuando despertamos las estrellas brillan sobre nosotras. La vida parece transcurrir tranquila y feliz. Ya no hay chulazos ni chulazas. Tampoco están nuestras bolsas con el dinero, las llaves, los pasaportes… Mira que en la lonely planet dicen que guardes en la caja fuerte del hotel las cosas importantes. Pero no nos importa. Sólo queremos mirar a las estrellas, beber caipirinhas y pensar que lo que pasa fuera de K no nos incumbe.
         Mirando a las estrellas nos volvemos a quedar dormidas. Nos despertamos a tiempo para ver un hermoso espectáculo. El sol va asomando tímidamente por encima de la línea del mar. El cielo cobra colores que no están en la paleta de ningún pintor, colores cuya tonalidad va variando a cada segundo que pasa. Disfrutamos en silencio de este regalo único.
         Poco después, una hermosa camarera mulata nos trae el desayuno: zumo de naranja recién exprimida, fruta, café, tostadas, queso, miel… Tomamos un desayuno reparador y vamos a la recepción para pedir una copia de la llave. El recepcionista nos dice que el fornido porteador de maletas recogió y guardó nuestras bolsas para que no nos las robasen. Qué cielo.
         Subimos a la habitación, nos vestimos de exploradoras (atuendo necesario para el turista que se precie) y nos vamos a recorrer el centro de la ciudad. Aparece de la nada el taxista al que le debo pasta, diciéndome que ya ha hablado con mi madre y que ya tiene los papeles para casarnos. Le digo que soy lesbiana. Me dice que no le importa, que no es celoso. Me parece que este tío me va a tocar la moral más de lo debido. Le doy su pasta y se pira, no sin antes hacerme prometer que me lo voy a pensar. Prometo, prometo, pero al final te la meto. Te vas a enterar, taxista, por listillo.
         Llegamos al centro de K. Aquí no hay museos ni nada para ver, sólo tiendas de souvenirs y niños. En el centro de K sí hay niños. Se ve que aquí no usan espermicida ni pastillacas. En el hotel deben de colocárnoslas en la bebida. Como pasamos de souvenirs y de niños, nos metemos en un restaurante a comer. Salimos dos días después. Julieta se ha casado por el rito zulú con un francés de 50 años que estaba de viaje por K buscando el sentido de la vida, y de paso para follar. Yo pierdo la virginidad con un gato. No deberíamos beber tanto.
         El marido de Julieta nos lleva en su jeep de vuelta al hotel, y se quiere quedar en nuestro cuarto. Le digo que por muy marido de Julieta que sea yo la vi antes, y sobre todo, el cuarto lo cogimos entre las dos. El francés se marcha a su hotel y nos invita a su piscina. Yo sólo quiero fumarme un gran canuto mirando hacia la bahía y luego dormir la siesta. Cuando me despierto, Julieta no está. Me da por ser sensata y mirar cuándo se nos caducan los visados. Mierda, mañana nos tenemos que marchar de K. Como ahora Julieta es la señora DeClerc igual se puede quedar más tiempo. Otra cosa es que quiera, porque me parece que no sabe bien lo que ha hecho casándose con el francés. A mí el gato me atrae un poquillo, pero con la distancia se me olvidará.
         Me voy a la piscina del francés, y me encuentro a Julieta subida en una colchoneta hinchable con forma de isla desierta. Con el francés. Me pido un gintónic y me tumbo a ver el mar. Cuando Julieta se cansa de enrollarse con Léopold (así se llama) en la isla desierta de plástico, vienen hacia las tumbonas. Le digo a Julieta que mañana se nos caducan los visados y tenemos que salir del país, si no queremos que la troupe de soldados que me estuvieron acosando durante horas en el aeropuerto descargue toda su furia sobre nosotras. Julieta me responde que el matrimonio por el rito zulú le permite estar en cualquier país, siempre y cuando se sienta enamorada. Lástima, el gato me gusta, pero la relación no da para tanto. Un matrimonio es una cosa muy seria. Por primera vez me planteo casarme con el taxista. Lo descarto enseguida. Es muy bajito.
         Nos vamos los tres a dar un paseo por la bahía. Vemos atardecer en el mar, disfrutando de una cerveza fresca y de unos altramuces. La vida es bella. Por la noche Julieta me abandona por el francés, me voy al cuarto sola. Echo de menos al gato, pero en lugar de amargarme me hago un mega porro y me quedo dormida. Al día siguiente cojo un taxi para el aeropuerto. Pienso que, de vez en cuando, con más frecuencia de lo que nos damos cuenta, la vida vale la pena.
FIN