sábado, 9 de julio de 2016

El refugio de la Guerra civil de Almería.



Almería es un queso gruyer surcado por el refugio ideado por el arquitecto Guillermo Langle bajo el gobierno de la II República, a primeros de 1937. Almería fue republicana durante casi toda la guerra y una de las últimas ciudades en caer. Sufrió las bombas franquistas del crucero Canarias, que bombardeó el depósito de Campsa el 8 de noviembre de 1936 e hizo que “en Almería fuera de noche durante varios días”[1]. El intenso humo hizo lo imposible: eclipsar el sol del desierto. Almería también sufrió bombas nazis. La aviación hitleriana bombardeó la ciudad el 31 de mayo de 1937, en represalia al hundimiento del Deutschland por parte de un avión comandado por pilotos rusos. Hitler ordenó el bombardeo de Almería, según cuenta la historia, sin el conocimiento de los mandos franquistas. Parece ser que actuó modo free style y sin ocultar la identidad nazi de los barcos. Este bombardeo provocó 31 muertos y dañó varios edificios, como la catedral de Almería, la iglesia de San Sebastián, la estación de ferrocarril, la sede de la Cruz Roja o el ayuntamiento.[2]
Almería fue testigo presencial de uno de los episodios más lúgubres de la historia reciente de España: “la Desbandá”. Tras la toma de Málaga por las tropas franquistas orquestadas por Queipo de Llano -al que el callejero patrio no le ha escatimado atenciones-, la gente huyó a pie por carretera hacia Almería, para escapar de la provincia que posteriormente fue arrasada por su “carnicerito” particular -Carlos Arias Navarro, presidente del Gobierno de España en la sacrosanta Transición y condecorado en 1977 por Juan Carlos I el Bueno con la gran cruz de la Orden de Carlos III, entre otras-. En su huida a pie por carretera, los cruceros Almirante Cervera, Canarias y Baleares (comandados por tropas franquistas), bombardearon a las riadas de gente que huía de la represión. Las columnas de refugiados también transcuyeron bajo los ataques de los ejércitos fascista italiano y nazi alemán. La fecha: 8 de febrero de 1937. Las personas muertas: alrededor de 5.000 civiles. Muchas de ellas se embarcaron desde Almería rumbo a Valencia, ciudad atestada de refugiados de otras tierras de España durante gran parte de la Guerra civil. "De todas las historias de la Historia, sin duda la más triste es la de España, porque termina mal..." Tengo pendiente de leer el libro del médico canadiense Henry Norman Bethune, que se desplazó de Valencia a Málaga para colaborar con el éxodo masivo de refugiados tras la toma de Málaga por parte de las tropas fascistas, y relata con crudeza todo lo que allí vivió.
El refugio de Almería podía dar cabida a 40.000 personas (la población de Almería en ese momento no alcanzaba los 52.000) y salvó y dio muerte a mucha gente. La salvó de las bombas franquistas o nazis, pero no la salvó de sí misma: mucha gente murió pisoteada por sus convecinos en las escaleras que daban acceso al refugio, bajo el sonido atronador de las sirenas -antaño, sirenas para el cambio de turno de obreros y trabajadores portuarios, hogaño avisos de la proximidad de la muerte-. Lo que más impresiona, además de su longitud -4,5 kms- y de su número de bocas -más de 100-, es el hospital subterráneo que alberga. A 10 metros bajo tierra, bajo las bombas, hubo quien salvó la vida en este quirófano. Incluso hubo quien nació: nos cuenta el guía que, durante una visita, una mujer se emocionó al ver la sala de operaciones del refugio de Almería. Cuando le preguntaron por qué, respondió que su madre siempre le había contado que había huido a pie de Málaga tras su toma por parte de las tropas nacionales, y que, en algún lugar, en un hospital bajo tierra, había parido a su hija. A ella esta historia siempre le había resultado extraña e improbable, hasta que vio el quirófano subterráneo y se dio cuenta de que era en esa camilla donde su madre la había traído al mundo. Su emoción caló en el resto de visitantes del refugio. 
El hospital en el que nació la mujer de la historia. Está situado en una de las galerías del refugio, debajo de un antiguo sanatorio. Cuenta con todo tipo de material quirúrgico de la época (aunque el expuesto no es original, es ligeramente posterior). El hospital era la única ramificación que estaba siempre iluminada. Evidentemente, el resto de la galería no está enlosada. 
Lavabos y camillas para heridos del hospital subterráneo.



Detalle de azulejos de cerámica de la sala de espera del hospital subterráneo. Me sorprende que bajo tierra y ante tales circunstancias el ser humano se preocupe por crear belleza. El resto del refugio, kilómetros y kilómetros de hormigón, humedad e iluminación escasa, no deja respiro a la imaginación.


Tal vez la historia sea sólo eso: retales cosidos de historias interpretados bajo la luz de la razón. Me reafirmo en los versos de Gil de Biedma: "de todas las historias de la Historia...".

La gente ocupaba el refugio cuando el hormigón todavía no había fraguado. En la imagen, un grabado de un avión de combate, probablemente realizado por un niño o una niña (el petroglifo está realizado a poca altura del suelo).
Grabado ( la foto no es muy nítida) de una casita bajo los bombardeos. Probablemente también realizado por un niño o una niña. Una niña que estaba visitando el refugio le preguntó a su madre si lo que cae del cielo en el grabado son "fuegos artificiales".



[1] Cita literal de un almeriense, superviviente de la Guerra civil.
[2] Cito de Wikipedia. En la visita que realicé al museo esto no se mencionó. https://es.wikipedia.org/wiki/Bombardeo_de_Almer%C3%ADa

Almería, 4-8 julio 2016



Almería es roja, amarillenta y azul. Sobre todo, roja: tierra volcánica por todas partes, restos de antiguas eras geológicas. Amarillenta por el mar de plástico que todo lo riega. Ese pulmón agrario de Andalucía donde trabajan manos de otros colores bajo un sol abrasador –“aquí no somos racistas”-. Azul del mar, imponente pero no protagónico en una provincia en la que la tierra volcánica lo cubre todo. La gente es más simpática que en Granada y menos chafardera que en Cádiz o en Sevilla, con perdón. Making friends. Almería reluce una belleza más pura y menos impostada: el postureo es cosa de otras provincias de Andalucía. Y si no, pasen y vean el paisaje de hippies del Albayzín de Granada. Paisaje del que yo, probablemente, sea un árbol más.

El Cabo de Gata.
El Cabo de Gata es uno de los lugares más hermosos que haya visitado jamás. Kilómetros de arena oscura bordeada de montañas rojas hendidas por “ramblas” -antiguos cauces de ríos-. Allá arriba, el atardecer más hermoso que haya visto jamás corona un hermoso mar azul plagado de praderas de posidonia. Ver el atardecer en el Cabo de Gata te hace comprender por qué los antiguos se inventaron a dios. Esto sólo puede ser obra de un ser superior. 


Níjar.
Llueve, hace frío y el viento está revuelto: me voy a Níjar. Pueblito blanco encaramado en la sierra. Respiro paz y cosas pequeñas pero trascendentes, de esas que te abrigan el alma. Esta visita es lo que llamaría un “cronoviaje”: en Níjar el tiempo parece haberse detenido en una época indefinible y autorrecurrente. Veo rosas del desierto y cactus por todas partes, sobre los que proyecta su sombra la “atalaya”, pieza de arqueología orgullo de la ciudad. Almería significa “el mirador”, y se construyó como ciudad defensiva. Alcazaba y atalayas pueblan la costa, construcciones erigidas inicialmente en tiempos de los árabes y completadas en la época de Carlos III para construir una barrera defensiva frente a los piratas. Níjar es un pueblo alfarero. Me han dicho que en Níjar hay una señora que, por dos euros, te deja modelar arcilla con ella. Y que el regalo no es trabajar junto a sus manos ancestrales, sino escuchar su forma de hablar. Hoy llueve, por eso no habrá ocupado su puesto al lado de la iglesia del pueblo. Volveré. 

Valencia-Alcázar de San Juan-Almería, 4 julio 2016



Cojo en la estaciò del Nord un tren impuntual y polvoriento que me llevará hasta Almería. La fila para subir al tren: chabacana y desorganizada, es decir, muy valenciana -la cita no es mía, es de uno de Xixona-. La gente, apremiada por el retraso, se agolpa en el andén para subir a un tren de los de antes. En el AVE Madrid-Barcelona la gente habla de auditorías, proveedores y reuniones en Londres o en París. En el TALGO Valencia-Almería la gente da pormenorizadas instrucciones –“te dejé la tartera en el armarito de la cocina”-, hace recordatorios –“pasado mañana tienes cita con el médico, no se te olvide”- o da las buenas noches. En este tren las maletas no van conjuntadas y no tienen ruedas. En este tren, las maletas van enlazadas las unas a las otras como una ristra de morcillas rellenas de ropa –“para que no nos las roben”- y están sostenidas por unas asas a menudo precarias. En este tren de antaño los pasajeros no montan start-ups ni crean empleo. Sólo son gente normal. 

Una de las estaciones de paso de mi tren.
Paramos en Alcázar de San Juan para cambiar de tren. Todo muy ágil, práctico y moderno. Llegamos con retraso -la señora angustiada que llevo dentro está que no vive en sí- y me da miedo perder el tren. Infundado temor: el otro tren también llega con retraso. Viajeros y acompañantes esperan en un apeadero –así lo llaman, “andén” es una palabra muy moderna- atestado de polvo y bajo un sol de justicia. Hay gente que acompaña a otra y espera con ella a que llegue su tren -gente para la que, tal vez, el tiempo es oro, el tiempo que pasan con su gente-. Es esa misma gente que, cuando viene el tren, mientras ayuda a acomodar maletas y tarteras, les pide a sus familiares que “manden recuerdos”. “Mandar recuerdos” en la pura era del WhatsApp, del selfie, de la globalización y la instantaneidad: hay gente que se agolpa en un andén sofocante y polvoriento para tender una maleta a otra y para “mandar recuerdos”. Esto es una cosa hermosa.
Me jode profundamente cuando se esencializa la pobreza, la ignorancia o el atraso. Cuando se considera “pintoresco” lo que no es más que subdesarrollo. ¿Estoy cayendo en mi propia trampa? Tal vez. ¿Es subdesarrollado no tener teléfono y “mandar recuerdos”? Probablemente, no. ¿Es esta reflexión marxista un “disclaimer” hacia mí misma? Puede, pero no puedo evitar que me guste que haya gente que manda recuerdos y que no monta start-ups. Me gusta conocer España. ¿Españas? ¿Cuántas Españas hay? ¿La España que “manda recuerdos” y come tarteras en un tren y la España del café del Ritz y del Ibex 35 son la misma España? ¿Realizo este viaje para conocer España o para conocerme a mí misma? Probablemente, para conocernos a las dos. Por eso cogí este tren que circula a una media de 60 kms/hora y que atesora una sonora mancha de regla en el asiento que me ha tocado en suerte. No me molesta: podría haber sido yo. Y he viajado en trenes más sucios, ¡qué leche! No voy a andarme ahora con milindres.